Los Pañuelos del Parque Rojo

7 de mayo de 2013


 

Por Alina Peña-Iguarán
Bloguera Invitada:

Dra. en Literatura y Estudios Latinoamericanos,
 forma parte del cuerpo docente del DESO- ITESO.
 También colabora en FM4 Paso Libre.
 Sus temas de investigación son: migración, cuerpo, literatura y violencia. 

 





Karla Preciado
En el mismo lugar en que ahora Teresa Sordo cuelga todos los domingos un tendedero de pañuelos blancos bordados hubo una cárcel a mediados del siglo XIX, la Penitenciaría de Escobedo que se construyó sobre los terrenos de la huerta del Convento del Carmen. Como último testigo de la prisión hay una calle que corre de sur a norte y mantiene su nombre original: “Penitenciaría”. Señales, voces silenciosas, arqueología urbana y familiar, que dicen que estos suelos por donde transitamos son capas sobre capas de cemento, estuco, pavimento, lámina y ladrillos. Texto sobre subtexto, vida sobre memoria. Muchas veces nuestros ojos vendados de arrogancia moderna, progreso burgués o una simple y vergonzosa falta de curiosidad no logran hacer un corte transversal para ver la profundidad histórica de la ciudad. Sin embargo, si una aprieta el interruptor de los recuerdos que más de uno guarda, entonces la gente comienza a decir lo que sabe, excavan en su memoria personal y regalan su relato al espacio común. Así es como ahora puedo rescatar lo que sigue.
             
La Penitenciaría de Escobedo fue demolida en 1933
y dos años más tarde se inauguró el Parque
Revolución sobre el diseño del primer proyecto urbano de Luis y Juan José Barragán. Sesenta años después se destruyó el parque para hacer la estación Juárez del tren ligero y finalmente una nueva lectura del diseño de Barragán volvió a rehabilitar el parque. El arquitecto Fernando González Gortázar además diseñó las entradas a la construcción subterránea. Y para reafirmar el nombre oficial del espacio se erigieron dos monolitos oscuros: Madero y Carranza. Dos figuras que poco coincidieron políticamente en su momento, pero que tras el afán de articular una familia revolucionaria que nos dé el Ser a todos los mexicanos, ignora importantes diferencias históricas. La mejor parte de todo es que los ciudadanos aciertan con su sentido común al re bautizarlo Parque Rojo. Y más aún, que las personas reutilizan sus jardines y pasillos para indignarse y manifestarse, para “echar novio” o descansar la comilona que se zamparon en los lonches Cosmos o sentarse un domingo y ver pasar a los ciclistas, patinadores, corredores y peatones,  –sin faltar el perro que, con correa al pescuezo, corre a todo lo que dan sus patas siguiendo el paso, en este caso el rodar, de la bicicleta de su dueño- que circulan por la vía recreativa.

Sobre todas esas capas que de alguna manera conviven, se tienden los pañuelos cada domingo. Colgados en hilera como retazos de una historia que escribimos juntos. Son recuentos bordados por más de cien personas que registran las muertes por la violencia organizada y las desapariciones forzadas. Cada día se suman más bordadores y con ellos la aguja y el hilo inmortalizan la última escena de sus vidas y les dan un lugar en la nuestra. A veces pareciera como si en cada puntada, en punto seguido, pudiéramos suturar un poco la herida que guardan las familias, las viudas, los amigos, los hijos, los padres y nosotros mismos. 

El Parque Rojo es hoy una plaza pública donde se empiezan a relacionar una buena variedad de actividades comunitarias, y así de a poco vamos aprendiendo a participar y hacernos visibles frente a nosotros mismos. En esta línea me encuentro las fotos de Karla Preciado del 15-O de 2011; los indignados se manifestaron al pie de los paredones de las entradas al tren, se subieron a los monolitos negros y los vistieron con un nuevo discurso y nuevas demandas; su negrura se coloreó con las palabras de las cartulinas que piden democracia justa, seguridad, oportunidades y reconocimiento para los jóvenes. 

Karla Preciado

  
Esos mismos pasillos del parque que cobijaron por años la prostitución homosexual y heterosexual, y mucho antes a los escribanos que ofrecían sus servicios para redactar cartas y documentos, ahora protegen los pañuelos, epitafios de una guerra de consecuencias inconmensurables, en donde es necesario llevar el saldo de nuestro dolor, para exigir que esto no vuelve a ocurrir. 






Y aquí estamos nosotros ahora, parados sobre un huerto, dos parques (el de Barragán y el de González Gortázar), una prisión, pasillos que han sostenido las caminatas de prostitutas y homosexuales, de familias que se apresuran para llegar a  la Bombilla, indignados, paseantes domingueros, bordadores. El Parque Rojo, abierto como plaza pública, sigue listo para acumular nuestras memorias y mirarnos en nuestro propio reflejo. 



Gracias a todos los que abrieron sus recuerdos, fotos y conocimientos frente a mis preguntas. De ellos y de todos son estas palabras y esta historia que sigue en construcción.

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